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Felices veinte

XX Marcha del Orgullo LGBTIQ.
Fotos (6)
Festival del Orgullo y la Diversidad - Fotografía: Mavi Habil
Festival del Orgullo y la Diversidad - Fotografía: Mavi Habil
Festival del Orgullo y la Diversidad - Fotografía: Mavi Habil
Festival del Orgullo y la Diversidad - Fotografía: Mavi Habil
Festival del Orgullo y la Diversidad - Fotografía: Mavi Habil
Festival del Orgullo y la Diversidad - Fotografía: Mavi Habil
 
  • T: Lic. Leonardo Gudiño

La semana pasada me contaron que veinte años atrás, un 28 de Junio, hizo frío.

Me quedé con ese detalle del clima, me pareció colorido, simbólico. Me dijeron que llegaban a no más de cincuenta personas y que marcharon con caretas, con los rostros cubiertos. Ese relato agregaba que se juntaron en frente a la Catedral, que caminaron unas cuadras mordiendo la paradoja de poner el cuerpo; tapar la cara; y tomar la calle.

Hace veinte años en este país soplaba el año 1992, gobernaba un menemismo furioso, una década insolente, y se marginaba de verdad.

“En una sociedad que discrimina, decir que soy lesbiana o soy gay es un gesto político” enunciaba Ilse Fuskova en aquel primer discurso público de 1992.

Este último sábado hizo calor.

Bermudas

Más de 150.000 personas caminaron la XX Marcha del Orgullo LGBTIQ el pasado 05 de Noviembre, y para mi fue todo festivo. Los parlantes, las banderas, los volantes, todo, todxs consignaron a la Ley de Identidad de Género como estandarte de grito.

En la tarde de ese mismo día la plaza fue, de nuevo, un arco iris en la arbitrariedad de cada color. La Plaza de Mayo, después de las 15.30 hs., antes de que la noche se permita dejar de ser tarde.

Hubo una feria un poquito más grande que la del año pasado, y un escenario más poblado que el anterior también. Pero es verdad: permanecen los discursos, se consolidan. Sobre ese escenario se fueron pronunciando los manifiestos cotidianos de quienes militan activamente por políticas igualitarias de diversidad y de género. Y para mi todo eso fue arco iris.

Por esas horas en las calles aledañas a la plaza, en los banquitos, los pasadizos y las veredas estaban todos y todas sostenidos por la expectativa de una fiesta. Intervenir políticamente un espacio público es redundante; cualquier apropiación de lo público recae en un hecho político, pero es hermoso. Festejo ésta tradición de la comunidad de LGBTIQ, la de todxs nosotrxs. Festejo cuando se sale a la calle.
Al acto lo abrieron un frente de muchachas hermosas, radiantes, desplazadas en unos tacones brillosos, hilando esa andanza patriótica de reclamar por un derecho aún no reconocido. Aún faltaba para la noche, pero ya había fiesta, o lo que honestamente reconocemos por ella: música, calor, cigarrillos, cervezas. Eso. Las carrozas desparramaban música con la armonía de aquella escena: la plaza alumbrada por la tibieza de un rojo cálido, de noche y todos y todas por encima de eso.

Cuando empecé a marchar ya éramos un montón. El cálculo cartográfico diría que toda la avenida que puentea a Plaza de Mayo con la de los dos Congresos estaba ocupada. Me tocó un camino lento, activamente lento; bailamos la cumbia en la que coreás que “los unicornios van desapareciendo”, encendimos estrellitas de artificio a la par que agitábamos nuestras ganas con el camión de la Agrupación Nacional Putos Peronistas. Cuando cruzamos la 9 de Julio el camión viró y sintonizó la marcha, y sus ocupantes la entonaron mirando al mural impresionante de Evita que está emplazado en el frente lateral del edificio donde funcionan los Ministerios de Desarrollo Social y Salud de la Nación. Me tocó ver tremendo gesto militante en ésta vigésima Marcha del Orgullo.

En el final, el escenario armado sobre las gradas del Senado de la Nación volvió simbólico cada pedido: el “reconocimientos de nuestrxs hijxs”, la derogación del código de faltas, la igualdad para con la población afrodescendiente, el aborto libre y gratuito y la Ley de Identidad de Género. “Ley de Identidad de género YA” leía –en letras grandes- el frente de la estructura.

Se respetaron los detalles del mito del orgullo; los abucheos, los discursos de lxs referentes de las organizaciones y agrupaciones, la cantata multitudinaria del “Soy lo que soy”. Existen los hechos políticos culturizados, son los sólidos.

Somos más. Vamos creciendo, aprendiendo, son más los que se manifiestan a favor de la tolerancia; al fin y al cabo, con esa idea arrancó ésta parte de la historia. Veinte años llevó para se empiecen a conseguir espacios, a dar más voz a luchas acalladas, silenciadas y reprimidas. Veinte años es, capaz, lo que puede llevar la transición de un frío a un calor. El traspaso al verano, sabemos, no se permite prematuro. Éste es el tiempo, es el momento, se vio esa tarde y esa noche, para que se siga avanzando hacia aquella estación. Éste es el momento para que de una vez se pronuncie el derecho primordial de dar legítimo reconocimiento social y legislativo al libre desarrollo de cualquier persona conforme a su identidad de género. Si acaso ya lo decía en aquel escenario la preciosa Susy Shock cuando coplaba: “Esta es una copla rara como ya la habrán notado / no habrá mujeres lavando ni hombres con redes pescando. / En cambio empieza en los niños, en la escuela hay que educar / no quiero salita rosa quiero salita de trans”.

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