elvernaculo.com Staff Amigos de la Casa Publicidad Kit de Prensa Políticas de Privacidad Contacto
Fenix Studio
Le dije que era muy pronto, al comienzo, para despedirse, para elaborar la ausencia; que todo lo que faltaba conocer de nuestros cuerpos, todo lo que nos quedaba por imaginar, por decepcionarnos, cada palmo de la piel del otro que quedara sin ser tocada se convertiría en un recuerdo amargo. Le dije que para el abandono era muy reciente nuestro vínculo, que todavía nos estábamos mintiendo, con esa mentira ingenua de quien quiere gustar a otro, que porqué tan pronto dejarnos de ver, y volver a ser desconocidos. Ya nos habíamos tocado, el uno al otro, y la huella de ese tacto era imborrable ya.
Después, cuando fuimos demasiado viejos, y las mentiras eran la expresión de lo peor de nosotros mismos, ya era tarde también para abandonarse. Entonces tuve miedo de que se fuera, cada vez que cruzaba la puerta sentía que me iba a dejar para siempre, y me confirmaría lo que supe desde el primer día que lo tuve en frente mío. El amor no tuvo nada que ver con nosotros. Esto, dicho así, puede ser precioso o vulgar. Y ambas cosas a la vez, como una aleación entre lo sagrado y lo pecaminoso que es, en definitiva, nuestra historia de amor. Cada uno sintió ese amor de la manera que pudo, y por estar fuera del círculo de nuestra endeble relación, jamás pudimos manifestarlo; jamás el amor se hizo presente delante nuestro, aún convocándolo en los momentos más sublimes, aún diciéndolo en los momentos más tristes de nuestra historia, pudimos contarnos ese amor.
Le dije que ya no tenía en la cabeza nada más que su cuerpo y su manera particular de existir. Como ciertas leyendas o ciertos personajes de leyenda. Así era él. Un particular animal mitológico. No podía pensar en otra cosa que no fuera el sabor amargo de sus palabras, el dejo espumoso de su presencia, el reposo intranquilo de su sueño.
Una palabra, un conjuro, un sacrificio que le demostrara todo eso que sucedía dentro de mí, que no era únicamente mío, eso que quería transferirle de algún modo. Nunca las conocí. A decir verdad, con él y con otros hombres que he amado con una ternura cierta, siempre he perdido el rumbo de las palabras y el sueño termina siempre roto. Por triunfar sobre su desidia hubiera dado mi vida (y lo hice) pero equivoqué las reglas y después fue tarde para renovar los intentos. Ya nos habíamos hecho una idea del otro incompatible con cualquier sorpresa, con cualquier otro modo de existir que no fuera en el perímetro de mi cama.
Lo amé, es la verdad. Cada noche, cada día. Aún hoy. Cada vez que evoco nuestra vieja pasión, la ansiosa espera por los golpes en la puerta, las cartas ingenuas, los reclamos estériles, la sombra de los dos en la pared.
Es medianoche y escribo en carne viva. Todo el mundo fuera parece estar viviendo, y yo estoy detenida en ese espacio rodeado por tres vértices, él, yo y lo que quiero recordar de esa mezcla. Hoy todas son amadas, todas son besadas, todas están en brazos de algún hombre.
Esta sensación irreal de que soy la única mina en la ciudad que no tiene con quién decirse nada, que llegada la medianoche los amigos cierran sus puertas y tengo que enfrentarme con ese amor de juventud, el primero, el más enorme y ¡ay! por el que vale la pena morir. Esta sensación me duele. Cómo debió dolerle el corazón a un cruzado que muere para no ir a ninguna parte.
Sé que él está solo como yo en esta noche, y que todos los sustitutos del amor bastan para una existencia tranquila, y que el delirio sobre ese pasaje de mi vida es algo que me corresponde a mí, sólo a mí.
Ya no es responsable de mi saudade.
De él diré solamente eso que fue, en mi idea retorcida sobre nuestro amor, EL amor: una noche cualquiera, los dos sentados en la vereda de mi casa, esperando al deseo que no siempre se hacía presente, (pero que había que aguardar porque era una inspiración) una mujer pasó corriendo delante nuestro, con los ojos desesperados, se detuvo en la esquina, atendió una llamada y escuchamos: “No te vayas sin mí, estoy llegando, no te vayas”. Habíamos cruzado la mitad de la noche en la vereda para ser testigos de esa declaración y esa mujer que corría a detener a un hombre que se iba. Ese fue el regalo de nuestra espera.
Hace poco lo crucé en la calle. Iba con su esposa y su hija en brazos. Los tres sabíamos quiénes éramos y en qué punto de la historia estábamos. Una mirada instantánea y dar vuelta la cara, porque la infidelidad y el dolor todavía están ahí, imperdonables.
Yo esperé cinco años la confirmación. Me quedé esperando en el amor la certeza de ser la única que sobraba en la historia y el amor no había tenido nada que ver con nosotros. Finalmente el amor fue un accesorio, la justificación para nuestro vulgar modo de relacionarnos. El modo de ser solos, tan solos que no pudimos arrancarle otra nota a esa guitarrita.
Ya no hablamos, ya no nos buscamos, ya estamos tan lejos el uno del otro como sólo dos amantes tan profundos pueden estarlo. Pero no puedo evitar espiarlo, tratar de saber mediante chantajes y mentiras qué ha sido de él, en qué estado se encuentra su vida, hacia dónde va, recordarlo a medianoche, cuando todo lo demás pierde el sentido y sólo me queda el corazón para quedarme con su memoria. Es inevitable, ahora, pensar que mientras me desvelo pensando en él, sólo tengo el deseo de que regrese.
genial
Evoca memorias propias, revuelve sensaciones ocultas… sublime y descarnado, como siempre…