elvernaculo.com Staff Amigos de la Casa Publicidad Kit de Prensa Políticas de Privacidad Contacto
Fenix Studio

Cuando, hace ya un año, se presentó La Revolución Del Azar en el CCEC, nada hubo de la tradicional ceremonia de uso en estos casos. Te recibía una burbuja sonora en la que los Beatles presionaban las sienes con “Revolution” a todo volumen, para que descubrieras el gesto que oficiaba de santo y seña: hasta que no levantaras las cejas dos veces, no podías seguir adelante.
Una vez dentro, la galería de personajes que deambulaban hacía pensar en una fiesta de disfraces: mujeres de negro, malabaristas, un linyera, una vendedora de ropa con tienda incluida, canillitas al grito de “La verdad” de patio en patio. Fue una fiesta, música en vivo y asado final incluidos, como aquellas patronales de pueblo.
Esa apertura teatral, o “Representación de libro” en la que el autor oficiaba de maestro de ceremonias, dejó el misterio de una historia prometida, la que habría de reunir a esos personajes inconexos.
Sabemos ahora quiénes son el Profesor, Querido, Los Tres, Mariano, Rita, Pepino… Personajes sin muchas vueltas, con un plan simple y la felicidad como cotidiano. Su historia pasa de ingenua a hilarante en cada párrafo. Pueden resultar disonantes a nuestra sensibilidad escéptica, pero se hacen querer. Con la bandera del azar en alto, buscando el orden inherente al caos, tropiezan constantemente con la alegría.
En La Revolución del Azar, Marcos Maggi pone en funcionamiento un deseo. La forma es tan sencilla como la historia, que sale como viene, desenrollándose como un cuento para chicos. En esta novela en la que todos son héroes y los experimentos funcionan, leer es la respuesta de la imaginación a algún “¿Qué pasaría si…?”